© Roger Eberhard |
A los diecinueve años de edad llegó usted a Berlín para probar suerte como escritor, y allí escribió sus tres primeras novelas. ¿Cómo ha marcado Berlín su literatura?
Llegar tan joven a la ciudad, dejando todo lo demás detrás, me dio una sensación genuina de libertad. Conscientemente decidí no ir a la universidad, sino empezar a escribir. Los dos primeros años en Berlín fueron particularmente importantes. Vivía en un apartamento de mala muerte, con la ducha en la cocina, tenía varios trabajos a tiempo parcial durante el día y escribía de noche. Me sentía un poco solo, pero me sentía estupendamente haciendo algo que adoro como es contar historias.
Para Jesper Lier, el antihéroe de su novela "Lunático", Berlín es un sitio inmisericorde e hipócrita. ¿Era esa también la impresión que usted tenía de la ciudad?
No, no era así. Berlín tiene de hecho una cara oscura, que es la que yo quería mostrar en "Lunático", pero personalmente en realidad me gusta Berlín. Nadie tiene dinero, pero parece que todos se dedican a cosas creativas. ¡Es contagioso!
¿Por qué se decidió a marcharse de Berlín después de tantos años?
Después de seis años sencillamente quería un cambio, una oportunidad para aprender otro idioma y conocer de primera mano otra cultura. Y si Berlín tiene algo que no puedo sobrellevar, son esos inviernos tan sumamente fríos y depresivos. En Barcelona casi siempre hace sol y calor, además de que tienes playa y el mar para navegar. Así que me dije: allá voy, y me mude aquí. Siendo escritor puede que nunca te hagas rico, ¡pero por lo menos puedes elegir dónde venir a menos!
En "Casi genial", una novela en la que el protagonista, Francis Dean, hace una arriesgadísima apuesta sobre su futuro, se diría que la elección de ambientarla en Las Vegas es un particular acierto. ¿Qué importancia tiene para usted como escritor la relación entre personaje y lugar?
En mis primeros tres libros, la ambientación era tan importante que no tuve que pensármela dos veces. La acción tenía que desarrollarse justo en esos lugares. Pero optar por Las Vegas sí fue una decisión consciente. Las apuestas son una metáfora de las oportunidades, tema importantísimo en el libro. El futuro de Francis está balanceándose ahí en lo alto, su vida puede caer a un lado o a otro, como quien juega a la ruleta rusa.
Muchos de los personajes de sus novelas llevan una existencia hundida por la muerte o la ausencia de un progenitor. ¿Qué es lo que le lleva a crear caracteres así, aislados de sus orígenes?
Creo que los golpes que la gente sufre en la vida son un factor importante en su evolución. En mi infancia sin ir más lejos las cosas no siempre marcharon sin complicaciones. Sé por experiencia lo que supone que uno de tus padres no esté, cómo eso te cambia. También, el sufrimiento provoca empatía. Es difícil narrar sobre un personaje que tenga todo bajo control. Sucede así incluso con personajes de tebeo: Spiderman y Batman resultan muchísimo más interesantes que el impoluto Superman.
Su obra escrita parece influenciada por la literatura angloamericana. ¿Hay en ella de hecho escritores que usted admire en particular?
Con quince años leí Hotel New Hampshire, la novela de John Irving, y mi pasmo fue tal que en ese mismo momento decidí ser escritor. Pero también adoro la obra de Ishiguro, Hornby, Salinger, Hemingway, Goebel, Fitzgerald y Twain.
Ahora mismo está trabajando en una nueva novela. ¿De qué trata?
Trata de tres hermanos, niños que viven protegidos una infancia feliz hasta que pierden a sus padres en un accidente. La novela describe cómo los cambia esta tragedia, cómo se enfrentan a ella y cómo siguen bajo su influencia de mayores cuando tienen ya sus propios niños. Así que, de nuevo, se trata de los giros trágicos que puede dar la vida y de las secuelas que dejan. Pero, por encima de todo, es una historia de amor. En los próximos dos o tres años voy a poner en este libro todas mis fuerzas.
es traductora freelance; reside en Berlín.
|