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Música para conocer Londres

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Por Sara Mohr-Pietsch

Se ha dicho que un aniversario es el peor motivo posible para programar las obras de cualquier compositor. Quizá sea cierto, pues, ¿necesitamos más motivos para oír música de primera calidad aparte de la música por sí misma?
 
Para mí, sin embargo, 2009 supone más que una excusa fácil para escuchar de cabo a rabo la obra de Purcell, Handel, Haydn y Mendelssohn, compositores todos ellos que cumplen este año algún aniversario de nota. Es también una oportunidad para explorar la historia musical de una gran ciudad a lo largo de dos siglos, una ciudad que fue y sigue siendo el corazón de la vida musical nacional y que es un punto en común para los cuatro compositores dichos: Londres.
 
Crecí en las calles de Londres. No lo digo en sentido literal: no es que me haya criado en la calle. Pero sí encontré mi música, y a través de ella mi desarrollo como persona, dando vueltas por mi ciudad natal: en sus salas de concierto, en la música gratis tocada en los vestíbulos, en los músicos callejeros y en la vitalidad de su cultura musical … Siendo una adolescente, tenía la sensación de ser la propietaria del South Bank: solía ir andando hasta el vestíbulo del Queen Elizabeth Hall y allí participaba en actividades educativas gratuitas como las que yo misma habría de organizar más tarde. En la escuela, cantaba en la agrupación coral como si la hubieran organizado pensando justo en mí, y si me vi a mí misma en los escenarios del Coliseum y la Royal Opera House formando parte del coro infantil fue porque tuve la suerte de vivir en una ciudad donde aquello era posible. No lo sabía en aquella época, pero la vida musical londinense llevaba siglos desarrollándose, cambiando y tomando forma. Y a continuación, desde el punto de vista de mi propia experiencia como londinense, mis recomendaciones a quien anhele adentrarse en la música de estos cuatro maravillosos compositores:
 
Purcell fue uno de los primeros compositores a los que aprendí a amar. Con catorce años, canté el papel de Eneas en un montaje escolar de "Dido y Eneas". Escrita justamente para una escuela de Londres, Dido es una rara ópera por su belleza imponente y la riqueza expresiva de su música pese a ser, no se sabe bien cómo, lo bastante fácil como para ser ejecutada por escolares. Me acuerdo de cómo me estremecieron los coros de las brujas cacareantes, los marineros bullangueros y los amorosos ángeles que lamentaban la muerte de Dido.
 
Si les apetece verse sumidos en un momento real de la historia londinense, escuchen la música que escribió Purcell para el Funeral de la Reina Mary. La reina, su amada mecenas, murió en 1694, y el día de los funerales el cortejo de dolientes abarrotaba las calles. Purcell compuso una música ceremonial y majestuosa capaz de llenar el espacio de la Abadía de Westminster, pero además las frases cantadas («Todo hombre nacido de mujer … ») están cargadas del profundo pesar por la pérdida de alguien cercano. Purcell falleció justo un año después.
 
Cuando Handel se instaló en Londres en 1712, la ciudad era ya un lugar muy diferente a la que había sido el hogar de Purcell. Los Jardines Públicos del distrito de Vauxhall habían dejado de ser un pequeño proyecto privado para convertirse en el centro de una cultura musical dirigida al gran público, el tipo de espacio capaz de atraer a una audiencia de 12.000 personas para escuchar nada más que un ensayo de la Música para los Reales Fuegos Artificiales compuesta por Handel.
 
No exagero si digo que llegué a la música a través de Handel. Algo se estremece en mí al bajar por la calle Brook, donde el músico instaló su casa, bastante cerca de la Broadcasting House donde hoy trabajo como locutora radiofónica. En la escuela, me gustaba esconderme con otro niño en las cabinas de ensayo para repentizar los dúos de Handel y paladear las delicias del descubrimiento. Si desean conocer la escritura a dúo de Handel en sus momentos más logrados, escuchen el dúo final de "Teodora", en el que, al afrontar la muerte, los amantes Teodora y Dídimo, mártires del cristianismo, anhelan llegar al cielo, mientras sus voces se entrelazan en el amor y la fe que comparten.
 
"El Mesías" fue la obra sobre la que versó mi examen de Bachillerato Musical; no hace falta pasar de los diez primeros movimientos (hasta ahí estudiábamos nada más) para comprender que es un oratorio magistral. Los oratorios de Handel siguen siendo, hasta hoy, elemento imprescindible en las agrupaciones corales. Cantar a Handel en un coro te hace sentirte parte de algo, y puedes entender el profundo efecto que la caracterización que hace Handel del pueblo judío en sus últimos oratorios ejerció sobre el concepto de identidad colectiva del público londinense.
 
También impresionaron a Haydn, que visitó Londres dos veces durante la década de 1790 y pudo escuchar "Israel en Egipto" (obra que influiría igualmente a Mendelssohn). Al poco tiempo, Haydn escribiría su propio y soberbio oratorio, "La Creación". Aunque mi primer contacto con "La Creación" se produjo en la agrupación coral escolar, me llevó bastante tiempo llegar a apreciar a Haydn. Quizá se debió a esa necesidad que sentimos de etiquetar a los compositores: Haydn siempre ha sido "el ingenioso", y el ingenio no es la virtud con la que le resulta más fácil identificarse a un adolescente. Me hacía falta esperar hasta la universidad, y entonces me enamoré de la música de cámara de Haydn, en concreto las sonatas para piano y, especialmente, los cuartetos de cuerda. Prueben a escuchar el Cuarteto op. 76 no. 4 "El amanecer", que empieza con un silencioso horizonte dibujado por los tres bordones, entre los que va asomando el primer violín, ascendiendo como el sol radiante.
 
Las dos visitas de Haydn a Londres produjeron también algunas de sus sinfonías más maravillosas, escritas a petición del empresario de conciertos públicos Salomon (que está enterrado en la Abadía de Westminster). Quien quiera sentir a qué sonaba Londres en la década de 1790, tiene a su disposición las Sinfonías de Londres (nos. 93/104).
 
Y así llegamos a Mendelssohn, que describió su ciudad favorita como «el más inmenso y complicado monstruo de esta tierra». Invitado habitual de la Reina Victoria y fiel amigo del mundillo musical londinense, Mendelssohn escribió en 1833 su Sinfonía Italiana para la Sociedad Filarmónica; en total, visitó la ciudad diez veces.
 
Mendelssohn fue el tipo más acusado de niño prodigio: aquel cuyas obras de juventud se encuentran entre las más perfectas escritas por él. Schumann lo llamó «el Mozart del siglo XIX», así como le alabó la capacidad de ver más allá de las contradicciones de la época y reconciliarlas. Si quieren una prueba de ello, escuchen sus Sinfonías de Cuerda, con toda su riqueza y encanto, o sus Preludios y Fugas op. 35 para piano solo, piezas que tienden un puente sobre el abismo abierto entre el barroco y el romanticismo, pero sin ignorar lo que vino entre medias.
 
Para más información sobre la cobertura dedicada por la BBC a los cuatro Compositores del Año, pueden consultar: www.bbc.co.uk/composers
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Sara Mohr-Pietsch
presenta "Breakfast" y "Hear & Now"
en la Radio 3 de la BBC.

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