Madre, padre, yo y ella
Jürg Schubiger es un autor suizo muy apreciado de libros para niños. Anthea Bell traduce un fragmento de Mutter, Vater, ich und sie.

Cuando llegué al mundo, el mundo ya estaba allí. Todo estaba allí: nuestra casa entera, la mesa, las sillas, las camas, el fregadero de la cocina, el grifo, todos los muebles. Todo estaba muy bien pensado y todo encajaba entre sí.

El abedul del jardín también estaba allí. Como todos los demás árboles. Al fin y al cabo, podrían no haber estado. O podría haber habido sólo abetos, ninguna haya, ni manzanos, ni perales, tampoco cerezos, ni ciruelos, ni ciruelos damascenos. O podría no haber habido gatos, sólo perros. Entonces sólo habría habido una franja de luz del sol sobre el alféizar, donde nuestro gato está tumbado en este momento.

Mamá y papá también estaban allí cuando yo llegué. Bueno, claro que estaban. Yo era el bebé que ellos habían tenido. Sabía quién era mi papá por el bigote amarillo. Sabía quién era mi mamá en todo caso. No me hacía falta preguntar quién era esa persona con gafas que me llevaba de un lado para otro. Y claro que ella sabía que yo era su niño pequeño, sabía mi nombre y todo eso. Estaba preparada para mi llegada. Estábamos encantados de conocernos.

Una cosa que aún no estaba allí cuando nací era la nueva cadena de música. Y la cama de mi hermana tampoco estaba allí, porque ella misma no estaba allí. Se llama Anna.

[...]

¿Qué más falta? ¿Mi hermana, que ni siquiera está en la tripa de mamá todavía? Cuando me paro a pensar en ello, me mareo un poco. Me guardaré mis preguntas para papá. A él le gusta pensar en estas cosas tan complicadas.

¿Qué árboles y animales aún faltan en el mundo? Esa es otra pregunta. ¿Y cómo conseguirán tener un nombre?

No se puede mandar a la gente a que vuelvan de donde vinieron. Tienes que esperar hasta que mueran. Cuando mi hermana muera, supongo que su cama también desaparecerá. Entonces todo será como era antes. Excepto por la cadena de música. La cadena se quedará, por supuesto.

No tengo nada en contra de mi hermana. Pero a veces sí me fastidia. Mamá dice que nunca se la daría a nadie. No creo que papá se la diera a nadie tampoco. Yo tampoco se la daría a nadie. Además, no creo que nadie se la quisiera quedar.

Yo era muy pequeño cuando llegué al mundo. Todo lo mío era pequeño: mi pantalón, mi jersey, mi gorra, mi cabeza y especialmente mis manos y mis pies. Mi dedo gordo tenía el tamaño de un meñique, y mi meñique tenía el tamaño de un meñique minúsculo. Todavía tenía que crecer un montón. Mamá y papá ya tenían el tamaño adecuado para ellos. Ellos también habían sido pequeños una vez, naturalmente. Sólo que, si los miras ahora, no hay manera de saberlo.

Todo en el mundo encaja. No hay huecos en ninguna parte. Las gafas encajan encima de la nariz, la cuchara encaja en la boca, el trasero encaja en la silla. Los peces son adecuados para el agua, los pájaros son adecuados para el aire, las vacas encajan en su prado, la gente encaja en su ropa, sus casas y sus camas. La noche es adecuada para dormir y el día para estar despierto. Las palabras son adecuadas para las cosas. Me gusta pensar en todo eso.

Mamá dice que algunas cosas no encajan del todo. Hay vacas sin prados y gente sin ropa, ni casas, ni camas. Sé que tiene razón, pero no me lo puedo imaginar muy bien. Si pudiera, me caería muerto en el acto de pura pena, o algo así.

Los zapatos de papá no encajan en mis pies. Los libros que aún no puede leer no son adecuados para mi hermana. Yo no soy adecuado para las cuchillas de afeitar. Los adultos encajan en el mundo, los niños todavía no encajan del todo. Esa es la razón por la que los niños tienen que ir al colegio y tienen que aprender cosas.

La mujeres son adecuadas para los hombres y los hombres son adecuados para las mujeres. Están bien los unos para los otros. A veces la mujer encaja con el hombre mejor que él con ella, y a veces sucede al contrario.

Las palabras son adecuadas para las cosas. Son tan adecuadas que normalmente ni nos paramos a pensar en ello. La palabra "ojo", por ejemplo. No se me ocurre ninguna mejor. "Ojo" es perfecta para un ojo grande, brillante, abierto. Mamá conoce palabras en otros idiomas que significan "ojo" también. Pero cuando las oigo no me puedo imaginar un ojo normal, sólo un ojo entrecerrado, u opaco, o hinchado.

¿Qué sucede cuando contamos mentiras? ¿Es que algo va mal con el lenguaje entonces? Si existe algún lenguaje en el que no se puedan contar mentiras, yo voy a aprenderlo. Si existe algún lenguaje en el que se puedan contar mentiras sin que nadie lo note, voy a aprenderlo también.

Cuando aprendí a hablar era invierno. De repente, era capaz de decir "pan" y "adiós" y muchas cosas más. Fuera estaba nevando. Yo todavía no sabía nada de la nieve. Mamá dijo: Eso es nieve. Papá incluso me dijo qué clase de nieve era: nieve en polvo. La palabra "nieve" era bastante complicada. Pero te hacía sentir muy bien cuando la decías, un sentimiento como de bola de nieve, un sentimiento blanco como la nieve. Y el pronunciarlo te ayudaba a conocer algo nuevo, en este caso, la nieve.

Salimos al jardín bajo el cielo de copos de nieve. ¡Nieve! ¡Nieve! No paré de gritar la palabra, esa palabra blanca de copo de nieve, una y otra vez, todo el tiempo que estuvo nevando.

Puedo ver todo eso en mi cabeza. El hombre de nieve que más tarde se hizo en el jardín, y la mujer de nieve, y yo estaba tan contento que me entró hipo. Aún sé exactamente cómo fue todo. Es más, lo sé mejor aun que como sucedió realmente.

*****

Jürg Schubiger nació en Zúrich en 1936 y ha ganado varios premios como autor de libros para niños. En 1996 fue galardonado con el Premio Alemán de Literatura Juvenil por Als die Welt noch jung war (Beltz Verlag, 1995). Recientemente, ha escrito dos libros que transforman temas de la literatura clásica en historias de corte más contemporáneo para niños. En Die Geschichte von Wilhelm Tell (Nagel & Kimche, 2003) rescata una antigua leyenda, explicando cómo sucedió que Guillermo Tell le disparó una flecha a una manzana colocada en la cabeza de su hijo. En su último libro, Die seltsamen Abenteuer des Don Quijote (Aufbau-Verlag, 2003), Schubiger da nueva vida a los episodios más conocidos de la novela de Cervantes.

En Mutter, Vater, ich und sie (Beltz Verlag, 1997, ilustraciones de Rotraut Susanne Berner), Jürg Schubiger narra una historia apasionante de la vida desde la perspectiva de un niño curioso. El libro es divertido, estimulante y, en ocasiones, triste: los padres del niño no encajan tan bien como él pensaba, y cuando su abuela muere, su abuelo se queda solo. ¿Qué es lo que le falta a este mundo? Mutter, Vater, ich und sie es un cuento encantador sobre las preguntas que todos nos hacemos.

Para información sobre derechos, por favor pónganse en contacto con Beltz Verlag (info@beltz.de).

Traducido del alemán al inglés por Anthea Bell
Traducido del inglés al español por Goethe-Institut Madrid, Información&Biblioteca



arriba