¿La respuesta de Berlín al Festival del Libro de Edinburgo? ¿O más bien su particular «Hay-on-Wye»?

Gregor Dotzauer nos conduce por el laberinto literario del Festival Internacional de Literatura de Berlín

Berlín, ese monstruoso quiste en bancarrota, es, en lo que a literatura se refiere, una auténtica cueva de Aladino. La ciudad cuenta con la mayor densidad de escritores de toda Alemania... por sus bajos alquileres, entre otras cosas. Cada tarde se ofrece toda una serie de lecturas y debates que exceden incluso lo que el más entusiasta participante de actos puede digerir. A través del programa de artistas del Deutscher Akademischer Austauschdienst (DAAD), el Servicio Alemán de Intercambio Académico, puede aprovechar uno de los medios más efectivos para detectar escritores importantes. Y con instituciones como el Wissenschaftskolleg (un instituto privado de investigación que goza de reputación internacional ) o el Zentrum für Literatur und Kulturforschung (Centro de Investigación Literaria y Cultural), la ciudad se beneficia de una infraestructura que se centra no solo en el patrocinio del trabajo literario sino también en su análisis académico. Pero había algo que Berlín no tenía hasta hace seis años: su propio festival literario. Entonces Ulrich Schreiber, antiguo director de la Fundación Peter Weiss, irrumpió en la escena. Aunque no había hecho nada significativo en su anterior trabajo, esto iba a ser completamente diferente. Iba a desafiar toda resistencia. Les iba a enseñar de lo que era capaz. Y lo ha hecho.

El Festival de Literatura fue grande desde el mismo momento en que se dijo «¡Ya!»; demasiado grande, quizás. A diferencia del Festival de Cine de Berlin (la Berlinale), que Schreiber adoptó como su modelo, no fue capaz de crecer con el paso del tiempo. Tenía que inflarse para convertirse en una enorme manifestación cultural inmediatamente. Para cualquiera que asistiera a la sexta edición, que tuvo lugar del 5 al 16 de septiembre, el mejor consejo que se le podría dar antes de zambullirse en los tumultuosos doce días era «¡Saca a tu doble del armario! ¡Divídete en trozos!». Bien es cierto que Schreiber había diluido perceptiblemente el programa en comparación con el año anterior. En vez de 313 actos con 179 autores de 49 países esta vez solo había cien autores en la alineación, entre los que se contaba el poeta y ensayista caribeño Edouard Glissant, que abrió el festival, y estrellas como Jostein Gaarder, Doris Lessing, Jorge Semprún y Frank McCourt. Y detrás de ellos estaban los voluntarios sin cuya dedicación todo el sistema -que este año se centraba en la literatura francófona- hubiera sido impracticable. Deben de constituir el mayor ejército de voluntarios de la ciudad, y cada año se los ve cuando Schreiber los invita a unirse a él en el escenario durante la inauguración.

Tomar el festival de cine como vara de medida ha sido, naturalmente, poco realista. En primer lugar, la Berlinale se centra en la competición y no depende como tal del principio del caldero de la suerte. En segundo lugar, es tanto un mercado para la industria como un acontecimiento para el público. Y en tercer lugar, ha tenido tiempo para desarrollarse. La predilección de hacer todas las cosas a lo grande que Schreiber habitualmente mostraba -aquí otra violenta crítica de la poesía, allí una proyección de cine-- era, en las presentes circunstancias, alarmante.

La cuidadosa reducción de este año no solo era necesaria, también era inevitable, y no exclusivamente porque el Festival Internacional de Literatura de Berlín no sea el único de su especie. Durante siete años ha competido más o menos por la misma audiencia con el Festival de Poesía que acogía la Literaturwerkstatt, a cargo de Thomas Wohlfahrt y surgido del Literaturexpress (un proyecto en el que más de cien autores de cuarenta y tres países atravesaban Europa de oeste a este en tren, física y metafóricamente). Aunque este festival, como su nombre implica, está por supuesto dedicado principalmente a la poesía y su interpretación, también está abierto a otros géneros, tanto música (una interpretación a cargo de Laurie Anderson) como danza o una selección de ZEBRA, el Festival de Cine y Poesía. Y naturalmente aún queda el elenco durante todo el año de los acontecimientos ya mencionados. Lo que se propone ya solo en las cinco instituciones literarias subvencionadas por la ciudad es suficiente para marearlo a uno: el Literarisches Colloquium Berlin en el Wannsee, la Literaturhaus en Fasanenstrasse (Charlottenburg), el Literaturwerkstatt en la Kulturbrauerei (Prenzlauer Berg), el Literaturforum en la Brechthaus y LesArt (el centro de literatura infantil y juvenil); todas estas instituciones acogen lecturas y debates, cada una con sus propias características. También cuenta con la Akademie der Künste (Academia de las Artes) y, con creciente influencia, con institutos culturales extranjeros, desde el British Council hasta la embajada india, el Collegium Hungaricum, las oficinas de representación de los Länder alemanes, las fundaciones de los partidos políticos, la American Academy, así como iniciativas privadas tales como el Salón de Britta Gansebohm, festivales literarios locales, «Open Mike» (la competición para talentos en ciernes), por no mencionar la gran cantidad de actos de las editoriales y otras plataformas de lectura.

Pero volvamos a la inauguración del primerísimo Festival Internacional de Literatura, una fría tarde de junio de 2001. El poeta estadounidense Charles Simic, en su discurso inaugural, empezó especulando sobre qué sitios podían considerarse los más adecuados para Utopía y propuso, como candidato principal, un campo de maíz de Iowa. Podría, naturalmente, haber sido un campo de colza en Brandenburgo. Pero -concluyó el conferenciante-, ¿dónde podría estar, de hecho, si no en la literatura misma? Y de ahí, apropiadamente, nació la naturaleza nómada del festival, que siempre ha tenido la ambición de extenderse por toda la ciudad; con una serie de patrocinadores y de apoyos económicos en su estela.

El encanto de los primeros años, que tuvieron las maravillosamente decadentes Sophiensäle de Berlín como principal escenario, no se podía superar. Ni tampoco el caos organizativo. Pero mira, dijo Greg Gatenby, director del Festival Internacional de Autores de Toronto y la persona citada como inspiración de Schreiber, si hablas de problemas de dentición, acuérdate de Bayreuth. Ese festival de reputación mundial se celebra desde hace más de cien años y todavía tiene grandes problemas. Y Martin Mooij, director del Festival Internacional de Poesía de Ámsterdam, secundó su defensa. El año siguiente Schreiber trasladó el festival al Berliner Ensemble, el antiguo teatro de Bertolt Brecht en el Schiffbauerdamm. Un año después volvió a las Sophiensäle. Y más tarde se volvió a trasladar, esta vez a los tres escenarios del teatro Hebbel am Ufer: HAU 1, HAU 2 y HAU 3. Tras su traslado actual a Berliner Festspiele, una organización que trabaja a tiempo completo para atender a todo el espectro artístico, desde el teatro hasta la música, con un poco de suerte el festival ha encontrado una base permanente... y el respaldo de una institución que también proporciona un sólido fundamento económico.

Los festivales viven del hecho de que la gente vaga de acontecimiento en acontecimiento, absorbiendo lo que no necesariamente encontrarían en otro lugar. La desventaja de esto puede ser el no concederle importancia a las conexiones o enlaces literarios: simplemente, se pueden perder en la multitud. Las diversas tendencias del festival de Berlín -«Literatura del mundo», «Caleidoscopio», «Scritture Giovani»- hacen difícil alcanzar un foco temático particular. En esta pintoresca y confusa situación solo un elemento del programa sobresale como claramente distintivo: la sección de «Literatura Internacional Infantil y Juvenil», que prospera porque muchos de sus actos están respaldados por colegios. La idea es que once miembros del jurado, entre ellos el peruano Mario Vargas Llosa, el noruego Jon Fosse, el húngaro László Krasznahorkai y el indio Shashi Tharo, nominen cada uno a dos de sus escritores favoritos en este campo, y esto trae a Berlín a autores que podían ser hasta entonces poco conocidos fuera de su país de origen. A este respecto a veces uno tiene la impresión de que Ulrich Schreiber no siempre antepone la calidad literaria a todo lo demás, y de que, a la hora de la verdad, ¡un desconocido poeta malayo podría ganar su voto!

Tal ideal cosmopolita, no obstante, habla a su favor. Compárenlo con el acontecimiento de «lit.COLOGNE». Allí, cada primavera, tienen lugar unos fuegos artificiales literarios de nueve días de duración que les proporcionan a autores poco conocidos una maravillosa plataforma de lanzamiento. Este festival de éxito disfruta de una buena reputación entre los editores y como vitrina para nuevos talentos. Y sistemáticamente atrae al público. La pasada primavera una charla del columnista Bastian Sick de la revista SPIEGEL online («¿Representa el dativo la muerte del genitivo?») llenó el auditorio con 15000 espectadores. Con un público tan fluctuante Berlín no puede esperar igualar esto. Pero también es posible que te denieguen la entrada por lleno total o, en comparación, encontrarte compartiendo a un autor con solo otros dos oyentes. El Festival Internacional de Literatura es, y continuará siendo, una empresa aventurera, y nadie en Berlín se quedaría sin ella.

Gregor Dotzauer es editor literario de Der Tagesspiegel




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